“¿Donde estamos?”, pregunté desde el suelo. En ese mismo momento mi hermano sacó el mapa de la mochila y respondió: “Perdidos”. Hubo un silencio prolongado –algo así como una reflexión sin salida–, y en ese mudismo sepulcral tomé contacto por primera vez con la naturaleza. Note el frío en cada rincón de mi cuerpo y entendí que la temperatura ascendía como un globo con helio. “¡Por ahora se aguanta!”, me dije. ¿Por ahora? El primer síntoma de paranoia afloraba en mi consciencia. La poca luz se apaga, es la hora de la tarde donde los felinos se levantan de la siesta. Los eucaliptos respiran arriba mío. El viento es tan fresco como brusco; tanto, que las hojas colapsan de un lado al otro formando un movimiento que se repite una y otra vez. El zigzagueo es un ritual, una vigilia: las ramas demandan a la Madre Tierra un poco de agua para saciar la sed, ¡sólo un poco! Me concentro un poco más, sin pensar en nada, y percibo un diálogo bidireccional. Una suerte de huelga de hambre simbiótica. Los árboles recibirán su paga a cambio de bailar para el cosmos. Así está pactado. Pero la tregua no me convence: “Prefiero el invierno de Vivaldi”, susurro como para comprobar que todavía tengo voz. Y tengo. Entonces, vuelvo a fijar los ojos en Joaquín. Está inquieto, alternando la mirada entre el horizonte y el mapa. Titubea. Si, titubea. El verbo es preciso. “¿Titubear implica tener miedo?”, me pregunto. No lo se, pero Joaquín –con seguridad– tiene miedo. Su capacidad para concentrarse en momentos de pánico es alarmante: “Joaquín supera cualquier tipo de obstáculos cuando más miedo tiene”, decreto. Es una relación directamente proporcional en términos matemáticos. Sabe que puede morir. O mejor dicho, piensa en la muerte como una posibilidad no lejana, posiblemente más intempestiva que nunca. No la toca, pero la escucha respirar como yo escucho a los eucaliptos; pero le es indiferente. En su silencio nervioso hay una lucha inquietante, la misma sensación instintiva que comparten todos los mamíferos: ¡quiere vivir! Aunque sólo el hombre tiene la capacidad para poner signos de exclamación en la supervivencia. Así funciona la pulsión de la muerte: querer vivir, en ciertos momentos, se resume en no querer morir.
Me puse de pie. Sentí como la sangre se distribuía por mis venas, desde la cabeza hacia abajo, pasando por los muslos hasta llegar a los ápices de mi cuerpo: los dedos. “Estoy mareado”, pensé, pero las piernas contaban con la fuerza suficiente como para mantenerme en pie. Conozco muy bien el umbral del desmayo: cuando los ojos se nublan y todo se torna negro, uno sólo pretende recuperar el equilibrio y la armonía. Pero la sensación de vértigo que nos acecha nos seduce. “¿Y si me dejo desmayar?”, digo mientras la dulce anestesia se torna peligrosa. El abismo y la pérdida de consciencia llegan a su límite… Levanto mis piernas para que la sangre recorra con agilidad las autopistas circulares que los biólogos bautizaron como venas –¡las calles del cuerpo atestadas por un tránsito rojo que oxigenan el organismo!–. Entonces, mis ojos recuperan el foco, y en ese instante descubro el anatema: con mi mano alcanzo a tocar mi frente y el ojo derecho. La miro. Está repleta de sangre oscura, casi negra. “Te pegaron con una piedra”, me recuerda Joaquín, y agrega bajando la voz: “se lo llevaron”.
¿A quien? No lo recuerdo.
El miedo se apodera de mi. La palabra escalofríos me convence. La noche está por venir. Y llega. De fondo, comienzan a escucharse voces…








