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El día que Alfonsín respiró

Posted on 21 Abril 2009 by admin

Alfonsín

Un alma recorre Buenos Aires, el alma de la democracia.“¡Alfonsín, Alfonsín, Alfonsín, Alfonsín!”. El féretro del ex presidente llega al cementerio de Recoleta por la calle Guido. Su nombre se multiplica en el cielo con aplausos. Pero el cielo está gris, triste, funesto. Hay lágrimas de todas las edades: abuelas, hijas casadas, padres de familia, niños, adolescentes, divorciados. Un acopio de generaciones que entonan al unísono: “Raúl, querido, el pueblo está contigo”. No es broma. Son más de 70.000 testigos –y la cifra puede ser mayor–, que quieren despedir por última vez al redentor de la democracia. Don Raúl Ricardo Alfonsín ha muerto y sus restos descansarán en la bóveda de los caídos en la Revolución del Parque de 1890. Sin embargo, su legado será recordado por siempre, o al menos hasta que la memoria se equivoque. “Sigan a ideas, no sigan a hombres. Los hombres pasan, las ideas quedan y se transforman en antorchas que mantienen viva a la política democrática”. QEPD.
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Callao se transforma en peatonal. Junín nunca vio tantas personas juntas. Plaza Francia tiene más concurrencia que el mejor de los domingos, pero no hay hippies, no hay ferias. Los árboles esperan de pie, mientras el público se ubica entre sus ramas. No hay estadios de fútbol, ni partidos, ni bandos, pero la hinchada de hace escuchar. “Cantamos por que estamos de luto, porque ha muerto un hombre de bien”, sentencia una señora en la multitud.
“Raúl fue la primera persona que voté en toda mi vida. Yo tenía 20 años, y a partir de ese día, nunca confié en nadie como en él. Como no voy a estar en su despedida”. Jonás Fernández (46) es empleado ferroviario y llegó en bicicleta desde Lomas de Zamora para homenajear al ex gobernante. “Para mí es un símbolo de la república, de la constitución y la honestidad. Nunca le afanó a nadie. Es el último político de raza, de los que piensan primero en el pueblo”.
Enrique Osvaldo Gauna (68) es más veterano. Está sentado hace más de dos horas en las primeras ramas de un paraíso, frente al cementerio. Es radical por herencia, de profesión abogado y lleva una boina cuadriculada en su cabeza. “Lo único que le reprocho a Alfonsín”, cuenta con sus grandes ojos celestes, “es haber abandonado el barco seis meses antes. Pero que podía hacer en esa época… si no se podía gobernar”, dice con tristeza. Pero agrega: “¿Vos sabés pibe hace cuanto tiempo que la gente no se reunía para despedir a una persona? ¡No es casualidad eh! Raúl era un hombre de miradas penetrantes, un hombre informado que podía salir a la calle sin custodios. Le hablaba a la gente a la cara, de frente”, confiesa y pierde la línea de la conversación. Se quiebra entre aplausos y gritos.
Maxi (10) y Facundo (8) son de otra generación. No saben de gobiernos de facto ni de militares, pero su madre les inculcó el sentido de la democracia desde su nacimiento. Mientras juegan en el mismo paraíso que Enrique –en otras ramas–, los hermanitos conjeturan acerca del acontecimiento. “Debe ser buenísimo Alfonsín, porque hay muchísima gente”, dice el mayor. El menor no se queda atrás: “Mamá dice que fue el mejor presidente del 1900”. Su madre los vigila del suelo. Maxi vuelve al ataque: “¿Sabías que mi abuelo fue ministro de salud cuando él era presidente?”, comenta y señala al féretro. “Se llama Pepe Astigueta, ¿lo conocés?”.
Eliana Vinitsky (40) interrumpe el diálogo. “Mi Papá también trabajó con él. Era el director de obras públicas del gobierno, por eso nos vinimos de Salta cuando asumió la presidencia”, les cuenta a los chicos desde otro piso del árbol. Ella es terapeuta corporal, y desde que llegó a Buenos Aires, allá por diciembre de 1983, defendió a ultranza los ideales del homenajeado. “Hoy estamos despidiendo a un hombre que cambió la historia de los argentinos, ni más ni menos. Ahora la tergiversación de los valores se está revalorizando”.
El cuerpo está al caer. Los aplausos se multiplican. Los helicópteros espían en lo más alto. Ahora, el árbol aloja a 19 personas. Entre las hojas, una mujer de origen peronista toma la palabra. Se llama Gloria Machado (42), es docente, estudiante de abogacía y admiradora del fallecido. “Cuando me recibí, Alfonsín hizo mucho por la educación. Nunca me faltó el trabajo. Además, siempre promocionó la defensa de los derechos humanos. Antes de asumir y después. Es una persona que incentiva a colaborar con la democracia”.
La admiración es interminable. Claudio Alegre (37) tiene un puesto de panchos en Plaza Francia. La ocasión es ideal para trabajar, pero a él no le importa. Según cuenta, a los doce solía tocar el redoblante para un comité Radical, pero asegura que sólo lo hacía por diversión. “Yo nunca tuve un partido político, pero soy consciente que le debemos la democracia a este hombre. Capaz por eso tocaba el redoblante”, admite entre troncos. Ricardo Rodríguez (59), oriundo de Tucumán, es más callado –o será que la pena lo enmudece–. Trabaja en la Capital como encargado hace más de veinte años. “Hoy lo volvería a votar”, sintetiza tímidamente.
El público llora, ríe, recuerda, grita, no olvida. Es que el alma de Raúl Alfonsín recorre Buenos Aires… nada menos que el alma de la eterna democracia.

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